José María Ibáñez
Utilizado desde la Alta Edad Media hasta finales del siglo
XVIII, el primer cementerio parisino estaba situado en el actual barrio de Les
Halles, junto a la iglesia homónima, también desaparecida. El Cementerio de los
Santos Inocentes recibió los restos de millones de parisinos, incluidas víctimas
de epidemias como la Peste Negra de 1348. Su nombre procedía de la Iglesia de
los Santos Inocentes, uno de los templos más singulares y perturbadores de la
ciudad medieval; un santuario que estaba pegado al mayor camposanto parisiense, y donde la vida urbana convivía literalmente con la muerte.
Vamos al tema que nos concierne. ¿Quiénes eran las reclusas
del desaparecido cementerio? No se trataba de mujeres encarceladas en el
sentido moderno de la palabra, sino de algo mucho más inquietante, eran figuras
femeninas asociadas a los osarios, las fosas comunes y las prácticas funerarias
del lugar, mujeres que vivían o sobrevivían, en los márgenes de la ciudad y la
muerte. Y su presencia, aunque apenas mencionada en los registros oficiales,
dejó una huella oscura en el imaginario de la Ciudad de la Luz.
En los documentos tardo medievales y del siglo XVII aparecen
referencias dispersas a mujeres que vivían dentro o junto al cementerio, en pequeñas
celdas o habitáculos adosadas a los charniers
(fosas comunes). Se encargaban de vigilar los cuerpos, rezar por los muertos y
mantener limpias y en orden las fosas. A veces actuaban como penitentes voluntarias;
recluidas por voluntad propia, buscando expiar culpas o, simplemente, huir del
mundo de los vivos.
Otras eran marginadas, mujeres sin familia, sin recursos, que
encontraban refugio entre los muertos porque no eran aceptadas en ningún otro
lugar. No eran monjas, no eran reclusas. Eran mujeres que habitaban en el
límite entre lo sagrado y lo fúnebre, invisibles para la ciudad, pero
esenciales para el funcionamiento del cementerio.
Las crónicas de la época nos cuentan de la existencia de
pequeñas estructuras adosadas al muro norte del camposanto, conocidas como reclusoir (celdas de reclusión o lugar
de encierro). Se trataba de un espacio mínimo, con una cama de madera, un
ventanuco que daba directamente a las fosas, y una lámpara de aceite que nunca
se apagaba.
Las reclusas vivían en completo silencio, siguiendo, decían, una regla
no escrita; no abandonar el recinto, no hablar con los vivos salvo lo
imprescindible, y dedicar sus días a la oración por los muertos sin nombre. Las
reclusas cumplían tareas que nadie más quería asumir. Cubrir los cuerpos recién
depositados hasta que los sepultureros llegaban, recoger los huesos
desprendidos y llevarlos a los osarios, y vigilar de noche, cuando los animales
merodeaban, los ladrones buscaban objetos entre los cadáveres, y acompañar a los
moribundos sin familia que eran depositados allí. Eran, en cierto modo, las
guardianas del tránsito, mujeres que vivían rodeadas de muerte para que la
ciudad pudiera seguir viviendo.
Con el tiempo, su figura se volvió casi espectral. Los
parisinos afirmaban que algunas reclusas no hablaban durante años, como si el
silencio del cementerio las hubiera devorado. Otros afirmaban ver sombras en
las fosas que las llamaban por su nombre. Una de ellas, según un relato del
siglo XVII, aseguraba que los muertos le pedían que recordara sus historias, como
si la memoria fuera la última forma de salvación.
Cuando el cementerio fue clausurado en 1780 y vaciado en
1786, las reclusas desaparecieron. Nadie sabe dónde fueron. Nadie las reclamó.
Los trabajadores que trasladaron los huesos desde el cementerio a las
catacumbas contaban que, en las últimas noches, se escuchaba una voz femenina
rezando entre las fosas vacías. Una voz que repetía, “no me dejéis sola”.
Después de la demolición, algunos vecinos aseguraban que, al
pasar por la antigua Rue des Innocents,
se oía un murmullo tenue, como un rosario recitado detrás de una pared que ya
no existe.
Hemos rescatado de antiguos textos de la época los nombres de
algunas de las ya famosas reclusas:
Alix La Bourgeotte, una de las reclusas más célebres del
desaparecido cementerio de los Santos Inocentes de París, donde vivió emparedada
durante más de cuarenta años hasta su muerte en 1466. Las fuentes históricas la
identifican como religiosa del hospital Sainte-Catherine,
en el barrio de Les Halles. En 1424 manifestó el deseo de vivir como recluse, es decir, una mujer que se
encerraba voluntariamente en una celda de piedra para llevar una vida de
penitencia y oración. Su caso está bien documentado tanto en registros históricos
como en estudios modernos.
El 2 de julio de 1424, Alix compró un pequeño terreno, menos
de diez metros cuadrados, entre la iglesia y la fuente del cementerio de los
Inocentes, donde mandó construir su reclusorio. Allí permaneció hasta su muerte
el 29 de junio de 1466.
El reclusorio era una celda extremadamente estrecha, sin
puerta funcional (se tapiaba al entrar), iluminada y ventilada dolo por dos
pequeñas troneras enrejadas. Una saba a la calle y servía para recibir comida,
y la otra daba al interior de la iglesia, permitiéndole asistir a los oficios
sin salir jamás. Este tipo de vida, aunque hoy parezca extrema, formaba parte
de una tradición medieval de penitencia radical, distinta de la de los eremitas
y finalmente desaconsejada por la iglesia.
La constancia de Alix impresionó a muchos contemporáneos. El
rey Luis XI, admirado por su devoción, mandó erigirle un tombeau de mármol negro, sostenido por cuatro leones de cobre,
donde se la representaba con un libro y una cuerda de cordelera. La inscripción
decía: “En se lieu gist soeur Alix la
Burgotte. A son vivant récluse trés dévotte”. Su tumba se encontraba en la Iglesia de los Santos Inocentes, demolida en el siglo XVIII junto con el
cementerio.
Alix fue la más célebre, pero no la única. Las fuentes
mencionan al menos tres reclusas más:
Jeanne la Verrière, recluida en 1422, Renée de Vendômois,
condenada por asesinato y adulterio y Jeanne Pannoncelle, una viuda.
Jeanne la Verrière, Renée de Vendômois y Jeanne Pannoncelle
fueron tres de las cuatro reclusas documentadas del antiguo reclusorio del cementerio
de los Santos Inocentes de París, mujeres que vivieron emparedadas como forma
extrema de penitencia.
Jeanne la Verrière (o Jeanne la Vodrière), fue la primera
recluida documentada con fecha precisa: 11 de octubre de 1422. Según los
registros del Reclusoir des Innocents,
Jeanne pidió voluntariamente ser encerrada en la celda situada entre la iglesia
y la fuente del cementerio. Su vida siguió el modelo típico de las reclusas
medievales.
Renée de Vendômois. Su caso es el más dramático y judicialmente documentado. Renée, esposa de Jean de Saint‑Berthevin, señor de Souday, fue recluida a partir de 1485. Su historia difiere de las demás porque no fue voluntaria. Fue acusada de asesinar a su marido y de adulterio. El preboste de París la condenó a ser quemada viva en la plaza del Marché‑aux‑Pourceaux. El rey Carlos VIII le conmutó la pena por reclusión perpetua en el reclusorio de los Inocentes, obligándola a vivir la misma penitencia que las reclusas voluntarias.
Jeanne Pannoncelle, es la menos documentada, pero las fuentes
coinciden en que era una viuda que eligió la reclusión. Las crónicas del
cementerio mencionan que Jeanne Pannoncelle fue la cuarta reclusa conocida del
lugar. No se conservan fechas exactas de su entrada, pero se la menciona junto
a las otras tres mujeres en los listados históricos del reclusorio.
La Iglesia medieval toleró esta práctica durante siglos,
aunque finalmente la desaconsejó y la prohibió por su dureza y por los abusos
que podía generar. Las leyendas del reclusoir de los Inocentes son, quizá, lo
más perturbador que dejó aquel cementerio ya desaparecido. Algunas de sus
historias fueron recogidas por sepultureros, vecinos o clérigos que evitaban
pasar de noche por la Rue Saint.Denis.
Decían que una de las mujeres, conocida solo como la Vigía,
pasaba las noches sentada frente al ventanuco que daba a las fosas. Los
sepultureros aseguraban que, cada vez que un cadáver era depositado, ella
murmuraba un nombre. Un nombre que nadie había dicho. Con el tiempo, se decía
que la Vigía no dormía porque los muertos la llamaban. Y que, si alguna noche
cerraba los ojos, una voz desde la fosa le decía: “Si tú duermes, nosotros
despertamos.”
Otra leyenda habla de una mujer que recogía huesos esparcidos y
los ordenaba con una precisión obsesiva. Los vecinos afirmaban que la veían
mover los restos como si siguiera instrucciones invisibles. Un sepulturero del
siglo XVII escribió que la reclusa decía: “Ellos no quieren mezclarse. Cada
hueso recuerda a quién perteneció.” Cuando el cementerio fue vaciado, los
trabajadores aseguraron que, en el charnier norte, los huesos estaban
perfectamente alineados, como si alguien hubiera pasado años escuchando sus
historias.
La más inquietante de todas es la de una reclusa que vivió
allí más de veinte años. Nunca salió del recinto. Nunca habló con nadie. Cuando
llegó la orden de clausura del cementerio, los clérigos fueron a sacarla. La
celda estaba vacía. La lámpara de aceite seguía encendida. En el suelo, escrito
con ceniza, encontraron una frase: “Ya no necesito paredes.” Los trabajadores
juraban que, durante las noches siguientes, se veía una figura blanca caminando
entre las fosas vacías, como si buscara un lugar donde volver a recluirse.
Una leyenda tardía, recogida en 1786, dice que una de las
mujeres aseguraba oír lo que los muertos sabían del porvenir. No profecías
gloriosas: solo desgracias. Se decía que predijo. La caída de la iglesia, el
traslado de los huesos a las catacumbas, y que París “se hundiría bajo su
propia multitud”. Cuando la demolición comenzó, algunos obreros afirmaron que
escucharon un susurro desde el reclusoir: “Os lo dije.”
La última leyenda es la más temida. Habla de una mujer que
los sepultureros veían entrar y salir del reclusoir, pero que nadie podía
tocar. Su figura era tenue, como si estuviera hecha de polvo. Los clérigos
decían que era el espíritu de una mujer enterrada siglos atrás, que había
regresado para cumplir la función que nadie más quería, vigilar a los muertos
para que no se sintieran solos. Cuando el cementerio fue vaciado, algunos
obreros aseguraron que la vieron por última vez, de pie sobre una montaña de
huesos, diciendo:
“¿Y ahora quién los cuidará?”
FUENTES CONSULTADAS:
*es.wikipedia.org
*www.sortiraparis.com
*Archivo de Historias Olvidadas.
