José María Ibáñez
El casino cerró sus puertas una madrugada del mes de agosto.
Sin previo aviso, las luces se apagaron en mitad de una partida, las ruletas y
las máquinas tragaperras se detuvieron como si alguien hubiera cortado el hilo
del tiempo, y los clientes, los pocos que quedaban, salieron a la calle sin entender lo que había ocurrido. Desde entonces, el edificio permanece vacío,
oxidándose frente al mar.
O al menos, eso dicen. Porque quienes viven cerca aseguran
que, algunas madrugadas, el casino vuelve a despertar. Primero se escucha un
zumbido eléctrico, como si los generadores se pusieran en marcha después de
años dormidos. Luego, un destello. Un brillo enfermizo iluminando la
desconchada fachada. Y si alguien se atreve a acercarse, casi nadie lo hace,
puede oír el tintineo de las fichas, el giro de la ruleta, el murmullo de las
conversaciones…
Dentro, las máquinas y las mesas están cubiertas de polvo,
pero las sombras se mueven como si jugaran. No tienen una forma definida; son
siluetas que se estiran y se encogen, atrapadas en una especie de bucle eterno. Algunos
creen que son los propios crupieres, condenados a repartir las cartas para
siempre.
La historia más inquietante es la del hombre del traje
blanco. Se aparece sentado en la mesa central, con una copa en la mano que
nunca se vacía. No tiene rostro, solo una máscara de luz pálida. Si alguien
entra en el casino, él levanta la mano y señala una silla vacía, invitándolo a
jugar. Nadie sabe qué ocurre si uno acepta. Nadie ha vuelto para contarlo.
Una noche, un pescador juró haber visto al hombre del traje
blanco asomado a uno de los balcones del casino, mirando al mar. Dijo que
parecía esperar a alguien. Desde aquel día, cada vez que el viento sopla desde
la costa, las puertas del casino se abren solas. Y las sombras vuelven a sus
juegos interminables, esperando al próximo curioso que se atreva a cruzar el
umbral.
Aquella madrugada el viento soplaba desde el mar con una
fuerza extraña. El pescador que había visto al hombre del traje blanco no podía
conciliar el sueño, así que decidió caminar hasta el casino abandonado. No
sabía sí, en realidad, buscaba respuestas o, simplemente, quería demostrar que
no tenía miedo. Pero cuando llegó a la entrada, encontró la puerta
entreabierta, como si alguien lo estuviera esperando.
Dentro, el ambiente olía a sal, a un perfume dulce. Las luces
parpadeaban con un ritmo irregular, a trompicones. Y entonces fue cuando lo
escuchó; el inconfundible sonido de la ruleta girando. El pescador avanzó
despacio, con el ruido de sus pasos amortiguados por la raída alfombra. Las
sombras se movían a su alrededor, pero no parecían fijarse en él. Jugaban,
reían sin parar, sin sonido, apostaban con gestos repetidos, como si no
pudieran detenerse.
En la mesa central, el hombre del traje blanco lo esperaba.
Su ropa brillaba y aunque no tenía rostro, el pescador sintió que lo observaba.
El hombre levantó la mano y señaló la mesa vacía frente a él.
El pescador sintió un impulso extraño, casi irresistible, de
sentarse. No sabía por qué. Tal vez porque, por primera vez en muchos años,
alguien, o algo, parecía querer su compañía. Tal vez porque el silencio del mar
se le había vuelto insoportable. O tal vez porque, en el fondo, todos tenemos
una apuesta pendiente con nuestro propio destino.
Cuando el pescador se sentó, la ruleta dejó de girar. Las
sombras se detuvieron. El casino entero pareció contener la respiración. El
hombre del traje blanco deslizó una baraja sobre la mesa. Las cartas eran
nuevas, estaban impecables. El pescador extendió la mano para coger la primera.
Y justo en ese instante, una voz, una voz humana, real, viva, lo llamó desde la
entrada.
“¡Eh! ¿Qué haces ahí dentro?”
El hechizo se rompió. Las luces se apagaron de golpe. Las
sombras se volatizaron como humo. El pescador parpadeó, desorientado, y cuando
volvió a mirar hacia la mesa, el hombre del traje blanco había desaparecido.
Solo quedaba la copa, llena hasta el borde, brillando en la oscuridad. El
pescador salió tambaleándose, sin mirar atrás. Fuera, su vecino lo esperaba con
una linterna y una expresión de incredulidad.
“¿No viste las luces? Pensé que alguien había entrado.”
El pescador quiso responder, pero no encontró palabras. Solo
apretó en su mano la carta que había alcanzado a tocar antes de que todo se
desvaneciera. Era un as de corazones. Y estaba caliente.
El pescador no durmió en toda la noche. Cada vez que cerraba
los ojos, veía el brillo de la copa, el as de corazones palpitando como un
latido ajeno. Al amanecer, decidió guardarse el naipe en el bolsillo interior
de la chaqueta, como depositando una prueba de que no había perdido la cabeza.
Pero la carta no quería estarse quieta.
A media mañana, mientras remendaba redes en el puerto, sintió
un calor repentino en el pecho. Se llevó la mano al bolsillo y notó que el as
vibraba. Lo sacó con cuidado. La tinta roja del corazón parecía mucho más
intensa, casi húmeda. Y en la esquina inferior, donde antes no había nada,
apareció una marca diminuta; un punto negro, como el inicio de una quemadura.
El pescador tragó saliva. No sabía si debía tirarla al mar o
guardarla. Antes de decidir, escuchó pasos detrás de él. Era el vecino que lo
había sacado del casino la noche anterior.
—Te vi raro —dijo, sin rodeos—. Y ahora todo el pueblo habla
de luces en el casino ¿Qué pasó ahí dentro?
El pescador dudó. No quería sonar como un loco, pero tampoco
quería mentir. Así que le mostró la carta. El vecino la observó durante unos
segundos y palideció.
--Esa marca… —susurró—. Mi abuelo me habló de eso. Decía que
el casino tenía un “jugador invitado”. Uno que no era de este mundo. Si te
ofrecía una partida y aceptabas, te marcaba. Y tarde o temprano, tenías que
volver.
El pescador sintió un escalofrío que no tenía nada que ver
con la brisa marina.
—¿Volver para qué?
El vecino negó con la cabeza.
—Para terminar la apuesta. Y nadie sabe qué se juega en esa
mesa.
En ese momento, un estruendo retumbó desde la colina donde se
alzaba el casino. No era un trueno ni un derrumbe. Era un sonido metálico,
profundo, como si una ruleta gigantesca hubiera empezado a girar.
Ambos hombres se quedaron inmóviles, mirando hacia el casino.
Las ventanas, incluso desde la distancia, parecían encenderse una a una, como
ojos que despiertan. El pescador sintió que la carta ardía en su mano. Y
entonces lo comprendió; el casino todavía no había terminado con él.
