LA REALIDAD OCULTA

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SEPARA LA REALIDAD DE LA FANTASÍA.
José María Ibáñez.

lunes, 17 de agosto de 2026

CITA EN LA HABITACIÓN 303 (RELATO)

 José María Ibáñez



Cuando Laura aceptó pasar una noche en aquel viejo hotel situado al pie de la montaña, no esperaba encontrar nada más que silencio, tranquilidad, quizá, un poco de polvo. Se había desplazado hasta aquel solitario paraje para escribir, para desconectar del mundanal ruido, para inspirarse. Pero la inspiración le llegó de una forma que jamás habría imaginado.

La primera noche, mientras revisaba sus notas tendida en la cama, escuchó tres golpes suaves en la pared.

—¿Hola? —preguntó.

Los golpes se repitieron, esta vez mucho más cerca, como si alguien respondiera desde el otro lado de la habitación. Laura se levantó, recorrió la pared con la mano y notó un frío extraño, casi agradable, como una caricia helada.

—Si hay alguien ahí, puedes… no sé, darme una señal.

La lámpara parpadeó. Una vez. Dos veces… Laura se quedó inmóvil. No sintió miedo, sino una curiosa sensación de estar en compañía.

Durante las siguientes noches, la presencia se volvió más clara. A veces era como un susurro que no alcanzaba a entender. Otras, un perfume arcaico que llenaba la atmósfera. Y una madrugada, mientras escribía, vio una figura reflejada en el espejo. Se trataba de un hombre joven, de mirada suave y sonrisa tímida, vestido como salido de otra época.

—No quiero asustarte —dijo él, sin mover los labios, como si la voz le llegara directamente al pensamiento.

Laura respiró hondo.

—No lo haces, respondió la joven escritora.

Él se presentó como Rafael, un huésped que había vivido y fallecido en el hotel hace más de un siglo. No recordaba cómo había muerto, pero si recordaba la sensación de estar esperando algo… o a alguien.

Cada noche que pasaba, Laura y Rafael hablaban más. Él le contaba historias del hotel cuando era nuevo y elegante; ella le hablaba del mundo moderno, de libros, de música, de sueños. Había una ternura extraña entre ellos, una conexión que desafiaba cualquier lógica.

Una noche, Rafael apareció más nítido que nunca, casi sólido.

—Creo que estoy aquí por ti —dijo—. O quizá tú viniste por mí.

La muchacha sintió un nudo en la garganta. Sabía que aquello no podía durar. Él pertenecía a otro tiempo, a otro plano. Pero también sabía que había encontrado algo hermoso, aunque fuera efímero.

—¿Qué pasará ahora? —preguntó.

Rafael sonrió envuelto en una melancolía luminosa.

—Lo que tenía pendiente… ya está completo.

La habitación se llenó de una luz suave, como si el amanecer hubiera entrado antes de tiempo. Rafael se fue desvaneciendo poco a poco. Antes de desaparecer del todo manifestó:

—Gracias por verme.

Laura se quedó sola, pero no vacía. En su cuaderno, sin que ella lo hubiera escrito, encontró una frase: “Algunas citas no son para durar, sino para despertar lo que dormía en nosotros”.

Y esa noche, por primera vez en mucho tiempo, Laura escribió sin parar. Como si no hubiera un mañana.

 

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