José María Ibáñez
Cuando
Laura aceptó pasar una noche en aquel viejo hotel situado al pie de la montaña,
no esperaba encontrar nada más que silencio, tranquilidad, quizá, un poco de
polvo. Se había desplazado hasta aquel solitario paraje para escribir, para
desconectar del mundanal ruido, para inspirarse. Pero la inspiración le llegó
de una forma que jamás habría imaginado.
La
primera noche, mientras revisaba sus notas tendida en la cama, escuchó tres
golpes suaves en la pared.
—¿Hola?
—preguntó.
Los
golpes se repitieron, esta vez mucho más cerca, como si alguien respondiera
desde el otro lado de la habitación. Laura se levantó, recorrió la pared con la
mano y notó un frío extraño, casi agradable, como una caricia helada.
—Si
hay alguien ahí, puedes… no sé, darme una señal.
La
lámpara parpadeó. Una vez. Dos veces… Laura se quedó inmóvil. No sintió miedo,
sino una curiosa sensación de estar en compañía.
Durante
las siguientes noches, la presencia se volvió más clara. A veces era como un
susurro que no alcanzaba a entender. Otras, un perfume arcaico que llenaba la atmósfera.
Y una madrugada, mientras escribía, vio una figura reflejada en el espejo. Se trataba
de un hombre joven, de mirada suave y sonrisa tímida, vestido como salido de
otra época.
—No
quiero asustarte —dijo él, sin mover los labios, como si la voz le llegara
directamente al pensamiento.
Laura
respiró hondo.
—No
lo haces, respondió la joven escritora.
Él
se presentó como Rafael, un huésped que había vivido y fallecido en el hotel hace
más de un siglo. No recordaba cómo había muerto, pero si recordaba la sensación
de estar esperando algo… o a alguien.
Cada
noche que pasaba, Laura y Rafael hablaban más. Él le contaba historias del
hotel cuando era nuevo y elegante; ella le hablaba del mundo moderno, de
libros, de música, de sueños. Había una ternura extraña entre ellos, una
conexión que desafiaba cualquier lógica.
Una
noche, Rafael apareció más nítido que nunca, casi sólido.
—Creo
que estoy aquí por ti —dijo—. O quizá tú viniste por mí.
La
muchacha sintió un nudo en la garganta. Sabía que aquello no podía durar. Él
pertenecía a otro tiempo, a otro plano. Pero también sabía que había encontrado
algo hermoso, aunque fuera efímero.
—¿Qué
pasará ahora? —preguntó.
Rafael
sonrió envuelto en una melancolía luminosa.
—Lo
que tenía pendiente… ya está completo.
La
habitación se llenó de una luz suave, como si el amanecer hubiera entrado antes
de tiempo. Rafael se fue desvaneciendo poco a poco. Antes de desaparecer del
todo manifestó:
—Gracias
por verme.
Laura
se quedó sola, pero no vacía. En su cuaderno, sin que ella lo hubiera escrito,
encontró una frase: “Algunas citas no son para durar, sino para despertar lo
que dormía en nosotros”.
Y
esa noche, por primera vez en mucho tiempo, Laura escribió sin parar. Como si
no hubiera un mañana.

No hay comentarios:
Publicar un comentario