José María Ibáñez
Cuando Laura llegó el sol ya se estaba retirando detrás de
los irregulares tejados de la parte más antigua de la aldea. Había viajado desde
lejos, oficialmente para escribir un artículo sobre casas embrujadas, pero lo
que realmente buscaba era una historia mucho más íntima; una señal de que el
mundo guardaba secretos que ella aún no comprendía.
La casa estaba situada al final de una empinada y estrecha
calle, con sus muros de piedra oscura y sus grandes ventanales, como ojos que
observan sin parpadear. La llave, que le habían enviado por correo, encajó en la
cerradura emitiendo un suave clic. Demasiado suave, pensó la joven periodista,
para una casa tan antigua.
Laura dejó su maleta y encendió una lámpara. La luz tembló,
proyectando sombras que parecían moverse un instante después de ella. Lo
atribuyó al cansancio del viaje. Siempre al cansancio.
Exploró la casa con una mezcla de curiosidad y respeto. La antigua
celda, el corazón de la casa, estaba al fondo, detrás de una puerta de madera
desgastada. Al abrirla, un escalofrío le recorrió la espalda. Tenía la
sensación de que alguien acababa de salir de allí, segundos antes de que ella
entrara. En el suelo descubrió una cuerda fina, como si hubiera sido colocada a
propósito. No la tocó.
Por la noche, mientras escribía algunas notas en su portátil,
escuchó pasos en el piso superior, lentos, medidos. Como si alguien caminara de
un extremo a otro, una y otra vez. Subió las escaleras alumbrándose con la
linterna de su teléfono móvil, pero arriba no encontró nada, solo silencio.
Al regresar a la planta baja, la lámpara estaba apagada. La
encendió de nuevo. Esta vez la luz no tembló, pero algo en la habitación había
cambiado. La cuerda que había visto en el suelo de la celda ahora estaba sobre
la mesa, junto al portátil, perfectamente enrollada.
“Muy gracioso”, murmuró, aunque no había nadie para
escucharla.
Decidió acostarse. El sueño llegó rápido, pero no duró
demasiado. A mitad de la noche, despertó con la sensación de que alguien estaba
sentado al borde de la cama. No vio nada, pero escuchó un leve balbuceo, tan
suave que no pudo distinguir las palabras; no estaba sola.
Encendió la luz de la lamparilla colocada sobre la mesita de
noche, la habitación estaba vacía. Se volvió a dormir. Al amanecer, recogió sus
cosas y salió de la casa sin mirar atrás. Cuando entregó la llave de la casa en
la oficina de correos, la empleada la observó con una mezcla de lástima y
complicidad.
--No todos aguantan una noche -dijo- la casa recuerda a
quienes entran.
Laura sonrió intentando restarle importancia, pero al introducir
la mano en el bolsillo de su cazadora encontró algo que ella no había puesto
allí; la cuerda, perfectamente enrollada. La periodista intentó convencerse de
que la cuerda en su bolsillo no era más que una coincidencia. Quizá la había
cogido sin darse cuenta, quizá la había guardado en su bolsillo mientras
inspeccionaba la celda. Pero cada vez que se repetía esas explicaciones. Algo en
su interior se tensaba, como si su propia mente rechazara las respuestas.
Esa misma noche, en su habitación de la única pensión que
había en la aldea, dejó la cuerda sobre la mesita de noche. No le entusiasmaba
tenerle cerca. Cuando despertó al amanecer, la encontró en su mano cerrada, con
la sensación de haber dormido aferrada a ella. No recordaba haber soñado.
Decidió regresar a la casa. No por valentía, se dijo a sí
misma, sino por una extraña necesidad que no sabía nombrar. El artículo ya no
importaba, lo que la inquietaba era aquella sensación de que la casa estaba
intentando decirle algo y que ella se había marchado antes de escucharla.
El camino de regreso a la casa se le hizo más corto que la
primera vez. La aldea estaba silenciosa, demasiado silenciosa. Cuando llegó a
la puerta de la casa, la llave, que había devuelto en la oficina de correos el
día anterior, estaba bajo el felpudo, como si alguien la hubiera dejado allí para
ella. La periodista no se sorprendió, eso fue lo que más la asustó.
Entró. La casa estaba igual que como la había dejado, pero el
ambiente parecía más denso. La lámpara que había encendido la noche anterior
estaba tirada en el suelo, intacta, pero colocada con una precisión ceremonial.
“¿Qué quieres?”, preguntó la periodista en voz baja, sin
esperar respuesta.
La casa respondió con un crujido suave. Laura avanzó hacia la
celda. La puerta estaba entreabierta, aunque ella recordaba haberla cerrado.
Dentro, la luz era tenue, filtrada a través de la pequeña ventana. En el centro
de la celda, en el suelo, había algo nuevo, un pequeño círculo, perfectamente
trazado sobre el polvo, como si alguien hubiera marcado un límite.
La cuerda, en su mano, se tensó sola. Dio un paso atrás.
“No”, susurró. “No voy a jugar a esto”.
Pero la casa no jugaba, la casa solo recordaba, y entonces la
sintió. Una presencia a su espalda tan cercana que el aliento la rozó la nuca.
No parecía hostil, tampoco humana, estaba expectante.
La muchacha cerró los ojos. En la oscuridad una imagen se
formó en su mente; una mujer de rostro borroso estaba sentada en el suelo de la
celda, con las manos atadas con una cuerda idéntica a la que la periodista
sostenía con su mano en el bolsillo. No hablaba, pero su mirada transmitía una
antigua súplica, una que llevaba años sin respuesta.
Cuando abrió los ojos, la celda estaba completamente vacía.
Pero la cuerda ya no estaba en su bolsillo, estaba en el centro del círculo de
polvo, perfectamente colocada. La muchacha comprendió que no había regresado a
la casa dispuesta a escribir el artículo. Había vuelto porque la casa quería
que viera algo. Algo que llevaba demasiado tiempo esperando ser contado.
La muchacha se quedó de pie frente al círculo de polvo,
incapaz de apartar la vista. La cuerda descansaba en el centro como si hubiera
sido colocada por manos invisibles; con la precisión no atribuible al azar. La casa
se hallaba en el más absoluto silencio.
La muchacha respiró hondo.
--Si quieres que entienda –dijo en voz alta- tendrás que
mostrarme más.
No esperaba ninguna respuesta, pero la tuvo. Un leve temblor
sacudió el suelo, apenas perceptible. La puerta de la celda se cerró del golpe
detrás de ella, sin llegar a encajar del todo, solo lo suficiente para
recordarle que estaba dentro, y que salir no sería fácil.
Laura se arrodilló frente al círculo. No lo tocó. Algo en su
interior le gritaba que no debía romperlo. La cuerda parecía más vieja y
desgastada que la noche anterior. Un siseo cruzó la habitación. Esta vez no fue
un sonido, sino una idea que se formó directamente en su mente.
“¡Ayúdame!”
La muchacha cerró los ojos, la imagen de la mujer volvió, más
nítida. Ya no era un rostro borroso, podía distinguir sus ojos oscuros, su
cabello enmarañado, las marcas rojizas en sus muñecas. La mujer parecía enfada,
parecía cansada; cansada de esperar.
--¿Qué te hicieron? Preguntó la muchacha, aunque sabía que
no obtendría ninguna palabra por respuesta. La respuesta llegó en forma de
sensación, de frío, de miedo, de injusticia. Y algo más profundo, más antiguo;
una soledad que había durado siglos.
La joven periodista sintió un nudo en la garganta. No se
trataba solo de la historia de una mujer acusada injustamente, era la historia
de alguien que había sido olvidada, borrada, reducida a un rumor que la aldea
prefería no recordar.
La cuerda se movió, apenas un milímetro, pero lo suficiente
para que Laura retrocediera de golpe. El círculo dibujado en el polvo vibró,
como si algo debajo de él intentara emerger.
--No puedo ayudarte si no entiendo –dijo la periodista
temblando- muéstrame lo que pasó.
La luz de la celda parpadeó y una sombra se proyectó a la
pared, aunque no había nadie entre ella y la lámpara. La sombra tenía la forma
de una mujer, pero sus movimientos eran erráticos, como si estuviera atrapada
entre dos tiempos.
La sombra levantó las manos y mostró las muñecas; las marcas,
la cuerda. La muchacha sintió un dolor punzante en sus propias muñecas, como si
la memoria de la mujer hubiera encontrado un camino hacia su propia piel.
--Te acusaron –susurró-. Y nadie te escuchó.
La sombra asintió. Y
entonces, por primera vez, Laura comprendió que la casa no estaba embrujada por
maldad. Estaba embrujada de memoria, por una historia que nadie ha querido
contar. La sombra señaló la cuerda, luego señaló a Laura. No era una amenaza,
era una petición. Laura tragó saliva.
--Quieres que te libere.
La sombra se desvaneció, pero el aire quedó cargado de una
respuesta silenciosa. La periodista miró la cuerda, miró el círculo, miró la
puerta entreabierta. Y supo que, para liberar a la mujer, tendría que cruzar un
límite del que quizá no habría vuelta atrás.

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