José María Ibáñez
Nunca jamás pensaste que volverías a pasear por aquel barrio
de la periferia. Te diste cuenta que las calles habían cambiado, los edificios
también, pero el aire que se respiraba seguía oliendo igual, a humedad, a
cables añejos, a algo que la ciudad siempre había intentado olvidar. El viejo
parque de atracciones estaba donde siempre, al final de aquella avenida sin
nombre, oculto detrás de una verja de hierro oxidada que parecía más una
advertencia que una barrera.
Llegaste a tu destino, empujaste la verja, no ofreció
resistencia, como si te estuviera esperando. Dentro del parque el silencio era
absoluto. Las viejas atracciones se levantaban como esqueletos; la noria sin
asientos balanceándose, el carrusel sin música, la montaña rusa convertida en
una espina dorsal de hierro, el castillo de la bruja, sin cabezas colgando en su entrada y las puertas abiertas de par en par.
Caminaste despacio, sintiendo que cada uno de tus pasos
despertaba algo dormido. Te acercaste primero a la estructura más imponente,
la noria, oxidada, inmóvil, tenía un hueco en su parte central donde antes
giraba el corazón del mecanismo. Al tocar uno de los soportes, el metal vibró.
Fue como si respondiera a tu presencia, como si reconociera a un visitante
después de años de abandono.
Entonces escuchaste un sonido. Un clic, un engranaje
poniéndose en marcha, uno solo, moviéndose. Te quedaste quieto, el clic se
repitió, más cerca, como si algo dentro de la estructura intentara recordar
cómo funcionaba.
Seguiste tu camino hasta el edificio más pequeño del parque,
el pabellón de los espejos. La puerta estaba entreabierta, dentro hacía frío.
Los espejos seguían allí, pero la mayoría estaban destrozados. Los fragmentos
esparcidos por el suelo reflejaban partes de ti que no coincidían; un brazo
mucho más largo, una sombra que no era la tuya, un rostro que se movía un
segundo después de ti.
En el fondo del pabellón había un espejo entero. Perfecto.
Demasiado perfecto para un lugar así. Te acercaste, tu reflejo estaba allí,
pero no imitaba tus movimientos. Se quedó quiero mientras tú avanzabas. Cuando
estuviste a un metro de distancia, levantó la mano, tú no. Retrocediste. El
reflejo sonrió.
Saliste del pabellón sin mirar atrás. Notaste que el aire estaba más
denso, como si el parque hubiera despertado de su letargo. La montaña rusa
ahora era una serpiente de hierro enrollada que atravesaba las nubes del cielo. Subiste
las escaleras de la plataforma principal, cada peldaño crujía.
Arriba el viento soplaba con fuerza. Desde allí se veía todo
el barrio, toda la ciudad, pero también algo más. Una figura caminando entre
las atracciones, demasiado alta, demasiado delgada, moviéndose con una lentitud
que no parecía humana. No tenía rostro, solo una superficie lisa, como un
maniquí sin terminar. La figura se detuvo, giró hacia ti. Y aunque no tenía
ojos, sentiste que te miraba.
Bajaste corriendo, el parque parecía mucho más grande, como
si hubiera cambiado de forma mientras tú estabas arriba. La verja por la que
habías entrado ya no estaba, en su lugar solo había más parque, más
atracciones, más senderos que no recordabas haber visto.
La figura ahora estaba más cerca, a unos veinte metros, muy
quieta. El clic de la noria volvió a sonar, luego otro, y otro. Como si el
parque entero estuviera despertando, pieza por pieza. Corriste hasta donde
creías que estaba la salida, pero cada sendero llevaba a otro rincón del
parque.
La figura avanzaba sin ninguna prisa, no necesitaba correr,
el parque la ayudaba. Llegaste a una estructura que no recordabas, una especie
de torre con una escalera en espiral. Subiste sin pensar, el aire se volvía
mucho más frío con cada paso que avanzabas. Arriba, había una plataforma con
una única puerta metálica. La abriste.
Dentro, solo había un asiento. Un asiento de atracción, metálico, oxidado, con correas, como si estuviera esperando al último pasajero. Detrás de ti, la
figura llegó a la plataforma. No hizo ruido, solo se quedó inmóvil.
El parque enteró vibró. La noria, la montaña rusa, el
carrusel, el castillo de la bruja… todo empezó a moverse, lentamente, como si
recordara sus tiempos de esplendor. La figura dio un paso hacia ti. Te sentaste
en el asiento, ella se sentó a tu lado. Cerraste los ojos, y dejaste volar la imaginación. Y entonces lo entendiste…

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