LA REALIDAD OCULTA

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SEPARA LA REALIDAD DE LA FANTASÍA.
José María Ibáñez.

sábado, 19 de septiembre de 2026

AL FINAL DE LA AVENIDA SIN NOMBRE (RELATO)

José María Ibáñez



 

Nunca jamás pensaste que volverías a pasear por aquel barrio de la periferia. Te diste cuenta que las calles habían cambiado, los edificios también, pero el aire que se respiraba seguía oliendo igual, a humedad, a cables añejos, a algo que la ciudad siempre había intentado olvidar. El viejo parque de atracciones estaba donde siempre, al final de aquella avenida sin nombre, oculto detrás de una verja de hierro oxidada que parecía más una advertencia que una barrera.

Llegaste a tu destino, empujaste la verja, no ofreció resistencia, como si te estuviera esperando. Dentro del parque el silencio era absoluto. Las viejas atracciones se levantaban como esqueletos; la noria sin asientos balanceándose, el carrusel sin música, la montaña rusa convertida en una espina dorsal de hierro, el castillo de la bruja, sin cabezas colgando en su entrada y las puertas abiertas de par en par.

Caminaste despacio, sintiendo que cada uno de tus pasos despertaba algo dormido. Te acercaste primero a la estructura más imponente, la noria, oxidada, inmóvil, tenía un hueco en su parte central donde antes giraba el corazón del mecanismo. Al tocar uno de los soportes, el metal vibró. Fue como si respondiera a tu presencia, como si reconociera a un visitante después de años de abandono.

Entonces escuchaste un sonido. Un clic, un engranaje poniéndose en marcha, uno solo, moviéndose. Te quedaste quieto, el clic se repitió, más cerca, como si algo dentro de la estructura intentara recordar cómo funcionaba.

Seguiste tu camino hasta el edificio más pequeño del parque, el pabellón de los espejos. La puerta estaba entreabierta, dentro hacía frío. Los espejos seguían allí, pero la mayoría estaban destrozados. Los fragmentos esparcidos por el suelo reflejaban partes de ti que no coincidían; un brazo mucho más largo, una sombra que no era la tuya, un rostro que se movía un segundo después de ti.

En el fondo del pabellón había un espejo entero. Perfecto. Demasiado perfecto para un lugar así. Te acercaste, tu reflejo estaba allí, pero no imitaba tus movimientos. Se quedó quiero mientras tú avanzabas. Cuando estuviste a un metro de distancia, levantó la mano, tú no. Retrocediste. El reflejo sonrió.

Saliste del pabellón sin mirar atrás. Notaste que el aire estaba más denso, como si el parque hubiera despertado de su letargo. La montaña rusa ahora era una serpiente de hierro enrollada que atravesaba las nubes del cielo. Subiste las escaleras de la plataforma principal, cada peldaño crujía.

Arriba el viento soplaba con fuerza. Desde allí se veía todo el barrio, toda la ciudad, pero también algo más. Una figura caminando entre las atracciones, demasiado alta, demasiado delgada, moviéndose con una lentitud que no parecía humana. No tenía rostro, solo una superficie lisa, como un maniquí sin terminar. La figura se detuvo, giró hacia ti. Y aunque no tenía ojos, sentiste que te miraba.

Bajaste corriendo, el parque parecía mucho más grande, como si hubiera cambiado de forma mientras tú estabas arriba. La verja por la que habías entrado ya no estaba, en su lugar solo había más parque, más atracciones, más senderos que no recordabas haber visto.

La figura ahora estaba más cerca, a unos veinte metros, muy quieta. El clic de la noria volvió a sonar, luego otro, y otro. Como si el parque entero estuviera despertando, pieza por pieza. Corriste hasta donde creías que estaba la salida, pero cada sendero llevaba a otro rincón del parque.

La figura avanzaba sin ninguna prisa, no necesitaba correr, el parque la ayudaba. Llegaste a una estructura que no recordabas, una especie de torre con una escalera en espiral. Subiste sin pensar, el aire se volvía mucho más frío con cada paso que avanzabas. Arriba, había una plataforma con una única puerta metálica. La abriste.

Dentro, solo había un asiento. Un asiento de atracción, metálico, oxidado, con correas, como si estuviera esperando al último pasajero. Detrás de ti, la figura llegó a la plataforma. No hizo ruido, solo se quedó inmóvil.

El parque enteró vibró. La noria, la montaña rusa, el carrusel, el castillo de la bruja… todo empezó a moverse, lentamente, como si recordara sus tiempos de esplendor. La figura dio un paso hacia ti. Te sentaste en el asiento, ella se sentó a tu lado. Cerraste los ojos, y dejaste volar la imaginación. Y entonces lo entendiste…

 

 

 

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