José María Ibáñez
Visitamos la Capilla de Santa Luciella (Chiesa si Santa
Luciella ai Librai). Es una pequeña y fascinante iglesia enclavada en el centro
histórico de la ciudad italiana de Nápoles, famosa por exponer en su interior
el misterioso “cráneo con orejas”, un símbolo, dicen, del antiguo culto
napolitano de las ánimas.
Está situada en Vía San Biagio del Librai, y fue fundada en
el siglo XVI por los mastri pipernieri (canteros
que trabajan el “piperno”, la piedra volcánica típica de la ciudad). Está
dedicada a Santa Lucía, la protectora de la vista y, según la tradición local,
también de los oídos. Restaurada recientemente tras permanecer varias décadas
cerrada al público.
La razón por la que esta capilla se ha vuelto tan conocida es
la presencia de un cráneo humano con orejas, único en su género. No son orejas
reales, son unas protuberancias óseas formadas por proceso natural. En la
tradición napolitana, se creía que este cráneo “escuchaba” las plegarias de los
fieles y llevaba los mensajes al más allá; formaba parte del antiguo culto de
las anime pezzentelle (almas
abandonadas), donde los fieles adoptaban un cráneo y le pedían favores.
En el Nápoles barroco existía la creencia de que algunas
calaveras actuaban como intermediarias entre los vivos y los muertos. A partir
del siglo XVII, se difundió la idea de que este cráneo en particular
“escuchaba” las oraciones gracias a sus orejas. Los fieles acudían a pedirle
protección, favores, buena suerte o respuestas. Se convirtió en una de las
reliquias más queridas del culto a las “almas abandonadas”, que buscaba
“adoptar” un alma olvidada para ayudarla a encontrar la paz.
La devoción popular creció tanto que la iglesia oficial
terminó prohibiendo estas prácticas por considerarlas supersticiosas. Aun así,
el cráneo siguió siendo visitado en secreto durante décadas. Tras el cierre de
la iglesia en el siglo XX, la reliquia permaneció oculta hasta su
redescubrimiento y restauración en los últimos años. Actualmente, el cráneo se
conserva en el interior de una urna de cristal en el hipogeo de Santa Luciella.
Es uno de los símbolos más curiosos del folclore napolitano.
Vale la pena recordar las tres versiones más conocidas y más
fascinantes de la leyenda del cráneo con orejas de Santa Luciella de Nápoles.
Todas proceden de la tradición oral napolitana y del folclore asociado al culto
a las ánimas abandonadas; mezcla de devoción, superstición y un vínculo muy
estrecho e íntimo con los muertos.
La versión del monje que seguía escuchando. Según esta
variante, el cráneo pertenecía a un monje custodio de la iglesia, conocido por
su capacidad de escuchar confesiones durante horas sin juzgar a nadie. Cuando
falleció, los fieles aseguraban que su alma seguía allí, “con el oído atento”.
Con el tiempo, su cráneo desarrolló las extrañas protuberancias que parecían
orejas, que los devotos interpretaron como una señal. El monje seguía escuchando
desde el más allá, dispuestos a interceder por quienes acudían a él.
La versión del maestro pipernieri,
es una de las más queridas en Nápoles. Los pipernieri,
recordemos, eran artesanos que trabajaban la piedra volcánica típica de la
ciudad. La iglesia de Santa Luciella fue construida por ellos, y la leyenda
dice que uno de estos artesanos falleció en un accidente de trabajo. Como en
vida se pasaba el día escuchando golpes, martillazos y voces en el taller, se
decía que su alma de había “acostumbrado a oír”. Cuando su cráneo apareció con
orejas, los napolitanos lo interpretaron como un don; el artesano podía
escuchar las plegarias mejor que cualquier otro difunto.
La versión del mensajero entre dos mundos, es la más mística.
Cuenta que el cráneo pertenecía a un mensajero que, en vida, llevaba cartas y
noticias entre los vecinos del centro histórico de la ciudad. Tras su muerte,
su espíritu habría conservado esta función; llevar mensajes entre los vivos y
los muertos. Las orejas serían el símbolo de su capacidad para “recoger” las
peticiones de los devotos y transmitirlas al más allá. Por eso muchos
napolitanos acudían a él para pedir señales, respuestas o protección.
Pero también existe una variante más inquietante, mucho más
oscura, donde el cráneo no escucha… sino que susurra. Dicen los más viejos del
lugar que la iglesia de Santa Luciella cerró en el siglo XX, el hipogeo quedó
en silencio… o eso parecía. Los vecinos empezaron a notar algo extraño: un
tenue murmullo, como si alguien hablara bajo el suelo. No se trataba de ningún
lamento, ni de ningún grito apagado. Era un susurro, casi un roce de aire, como
si alguien intentara pronunciar palabras que no terminaban de formarse.
Al principio pensaron que se trataba de ratas, de tuberías o
simplemente de la imaginación. Pero el murmullo siempre se oía a la misma hora,
justo antes del amanecer, cuando la ciudad está más silenciosa. Con el tiempo,
algunos aseguraron que el susurro respondía. No con palabras, sino con un
sonido breve, como si alguien se comunicara desde el otro lado. Cuando
finalmente se reabrió la iglesia y los restauradores bajaron al hipogeo,
encontraron el cráneo en su urna, intacto. Pero lo que más les impresionó fue
otra cosa; la urna estaba ligeramente desplazada, como si alguien la hubiera
tocado. Los restauradores lo atribuyeron a vibraciones, humedad, cualquier
aplicación racional. Pero los vecinos, que llevaban décadas escuchando aquel
murmullo, dijeron otra cosa. “Ese cráneo no solo escucha. A veces también
quiere hablar”.
Desde entonces, algunos visitantes afirman que, si te quedas
en silencio absoluto frente a la urna, puedes oír un leve sonido, como un
suspiro o un roce. No es peligroso, dicen. Solo inquietante. Como si algo o
alguien, estuviera esperando una respuesta.
La iglesia puede visitarse mediante visitas guiadas, donde se
explica la historia del culto y la restauración del templo. Las organizan
asociaciones culturales locales, de treinta a cuarenta minutos de duración,
ideal si te gusta la historia oculta, la arqueología, las tradiciones…
FUENTES CONSULTADAS:
*es.wikital.com
*elmundoviajes.com
*marcianosz.com
*derechadiario.com.ar.

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