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José María Ibáñez.

viernes, 21 de septiembre de 2012

"EL GRAVAT" DE BARCELONA

AMADO CARBONELL SANTOS


Durante la época de la post-guerra Civil Española, algunos barrios de la ciudad de Barcelona se vieron acosados por un personaje, que todavía hoy, los más ancianos del lugar lo recuerdan con rencor y angustia. Su nombre real nunca se supo, pero los ciudadanos le llamaban "El Gravat", a causa de las innumerables cicatrices que la viruela le había dejado sobre su rostro durante la infancia.
(Foto: petreraldia.com

"El Gravat", durante la Guerra Civil había sido un falangista grosero y malcarado. Una vez en la post-guerra, el estado le otorgó el puesto de guardia municipal de las zonas del Barrio Chino y la Barceloneta, barrios en los que entraba a toda velocidad en su furgón Ford de color gris, subiendo las ruedas en las aceras y tratando de arrollar a cualquier vecino que le increpase a su paso.

Los que le conocieron cuentan que tenía la costumbre de aparecer en el balcón de su casa, que estaba situada en la barriada de Sants, desnudo e insultando de forma desafiante a todos los transeúntes que se aventuraban a levantar la mirada para observarlo. Algunas de las veces aparecía acompañado por alguna prostituta y con su arma reglamentaria en la mano como única vestidura.

Al cruzarse con él en la calle la gente evitaba mirarle directamente a los ojos, ya que lo interpretaba como una forma de provocación, y se ensarzaba en una pelea callejera contra la desdichada persona que osaba mirarle.

(Foto: cesarcastillolopez.blogspot.com
El célebre Sebastià Sorribas, recordó el personaje de "El Gravat" mientras escribía sus memorias sobre el Barrio Chino. Explicaba que este personaje entraba en el barrio, de forma violenta para cazar in fraganti a los vendedores ambulantes que vendían lo que podían para poder obtener algo de comida, los vecinos del barrio le insultaban y escupían a su paso. Algunas ancianas se vieron acorralas por él y sus tres ayudantes, mientras trataban de vender algo de pan blanco de tapadillo a las gentes del barrio. Éstas en ocasiones eran arrestadas, mientras los agentes apodados del "desorden" las llevaban al furgón, a la vez que les propinaban empujones y bofetadas.

Durante una incursión al mercado, las pescaderas le tendieron una trampa organizando un altercado para separarle de sus ayudantes, las cuales cuando lo tuvieron acorralado le otorgaron una soberana paliza, armadas con grandes peces congelados.

Algunos años después, le otorgaron la tarea de controlar a los emigrantes que llegaban desde tierras andaluzas hasta la estación con destino a Francia. Las personas que emigraban debían poseer un trabajo y un domicilio fijos, sino les arrestaba y les devolvía a sus localidades de origen. Su fama de apaleador llegó incluso hasta los barrios más humildes de Sevilla, donde lo bautizaron con el nombre de "El Picao".

Una de sus especialidades, era la de secuestrar a grupos de ciudadanos de etnia gitana y obligarlos a entregarles el dinero a cambio de su libertad. Si estos se negaban, o no llevaban dinero suficiente para cubrir las expectativas de su carcelero, recibían una paliza y eran abandonados en algún descampado cercano a la ciudad.

Algunas personalidades que le conocieron, afirmaban que era el único agente de la Policía Municipal que iba armado con una pistola. La brutalidad de sus actos le convirtieron en el objetivo de varios intentos de linchamiento por parte del vecindario, pero era algo que el veía como un desafío a su autoridad y cada vez que realizaba una incursión, el grado de contundencia en sus golpes iba en aumento.

Su historial incluía violaciones, aporreamiento de embarazadas en la acera y maltrato a prostitutas. Un buen día le sobrevino la idea de limpiar las calles de la ciudad de vendedoras de claveles que deambulaban por los barrios; esa misma noche apareció en un convento de monjas con el furgón cargado de claveles. No se sabe si ese era su concepto de ser un buen cristiano, pero por el camino había ido dejando a muchas familias sin cena aquella noche.

Un buen día, "El Gravat" y su insolencia desaparecieron sin dejar huella, jamás se volvió a saber de él. Algunos de atrevieron a comentar que alguien lo había asesinado en los mismos descampados que él había utilizado para realizar sus fechorías. A partir de aquel día la ciudad y los barrios de Barcelona respiraron aliviados. 

Cabe decir que desde los años 30, el control de los mercadillos y ventas ambulantes de Barcelona eran controladas por un agente amparado por la ley al que apodaron como "El Negro", al que conocían todas las personas que llevaban las cuentas de las provisiones del mercado. Tras la Guerra Civil española, este tipo de controles se volvieron más salvajes y sangrientos en las zonas donde reinaban la pobreza y la hambruna, manteniendo al ciudadano de a píe malviviendo con cartillas de racionamiento, mientras los corruptos se movían a sus anchas dedicándose al contrabando.

Los ancianos del lugar han visto cambiar y crecer a la ciudad de Barcelona, pero el recuerdo amargo de "El Gravat" siempre quedará en su memoria, esperando que aquellos tiempos de hambre y oscuridad no vuelvan a las calles jamás.

Artículo basado en la publicación de Xavier Theros en el diario El País del 5 de agosto de 2012.

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