José María Ibáñez
Les Halles es el antiguo corazón comercial de París, un
territorio que durante nueve siglos funcionó como un organismo vivo: nocturno,
ruidoso, caótico y esencial para la ciudad. Su apodo “el vientre de París”,
proviene de la función histórica como mercado central, donde cada madrugada
llegaban los alimentos que nutrían a toda la capital. Pero mucho antes, desde
la Edad Media hasta su clausura en 1780, el espacio estuvo ocupado por el
Cementerio de los Santos Inocentes.
Las apariciones en Les Halles después de la demolición del
camposanto forman parte de uno de los capítulos más inquietantes del folclore
parisino. Cuando el camposanto fue vaciado en 1786 y demolido en 1787, la zona,
por decirlo de alguna manera, no se calmó. Al contrario, durante más de un siglo
circularon historias de extrañas sombras, figuras sin rostro, voces y
presencias que parecían seguir allí, como si los muertos un hubieran aceptado
su traslado a las catacumbas.
Hemos recopilado algunas historias. Por ejemplo, a finales
del siglo XVIII, poco después de su demolición, varios testigos aseguraron
haber visto a una mujer vestida de blanco, con un velo que le cubría el rostro.
No dejaba huellas, no hablaba, no producía ningún sonido, se desvanecía al
girar una esquina y se decía que era el espíritu de una joven sepultada viva
por error en una de las fosas comunes.
Fue en pleno siglo XIX, cuando policías y vigilantes
nocturnos reportaron encuentros con un niño de unos siete años de edad,
descalzo, llorando, y que decía: “No encuentro la puerta de mi casa”. Cuando
intentaban acercarse, el niño corría hacia una casa y atravesaba la pared de
piedra. Muchos opinaban que se trataba de uno de los miles de niños sepultados
en las fosas comunes del cementerio medieval.
Durante décadas vecinos de la zona hablaban de apariciones
humanas que se movían muy rápido al caer la noche, especialmente en invierno.
No tenían rostro, no proyectaban sombra propia, y se deslizaban en absoluto
silencio. Se decía que eran los restos de las procesiones funerarias que
durante siglos cruzaban ese mismo espacio.
El olor a tierra removida era uno de los fenómenos más
extraños que se producían. Incluso después de la demolición del camposanto,
muchos testigos afirmaron que, en ciertas noches muy húmedas, la plaza entera
olía a tierra recién removida, y algo parecido a ropa vieja de cadáver. Los
médicos de la época lo atribuían a gases atrapados bajo el suelo. Los
supersticiosos decían que se trataba de los muertos recordando su antiguo
hogar.
Una de las historias más macabras es de mediados del siglo
XIX. Un vigilante nocturno aseguró haber visto a un hombre alto, vestido con
ropa del siglo XVII, caminando por la plaza, pero sin mandíbula inferior. El
vigilante lo describió como “un agujero oscuro donde debería estar la boca, un
sonido como de aire escapando y un olor insoportable a descomposición. Se cree,
que esta visión nació de los miles de cráneos dañados que se descubrieron al
vaciar el cementerio.
En la actualidad es un eje urbano hiperactivo, un territorio donde París se muestra en su versión más contemporánea; acelerada, diversa, luminosa… aunque todavía atravesada por las sombras de su pasado. Les Halles hoy es un territorio moderno pero cargado de memoria, luminoso pero atravesado por sombras, funcional pero inquietante a través de sus pasillos subterráneos. Un lugar donde la Ciudad de la Luz se muestra sin filtros; su velocidad, su diversidad, su caos… y su persistente magnetismo.
FUENTES CONSULTADAS:
*es.wikipedia.org
*www.sortiraparis.com
*aroundus.com

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