José María Ibáñez
La antigua mansión llevaba abandonada más de cinco décadas,
pero, como siempre, seguía dominando la colina como un centinela abatido. Maica
la observó desde la curva del serpenteante camino, sintiendo como el viento
frío le erizaba la piel. No sabía el verdadero motivo de su regreso después de
tanto tiempo al pequeño caserío. O quizá si lo sabía, pero no quería admitirlo.
La nota había llegado en el interior de un sobre sin
remitente, escrita con una caligrafía elegante y clara pero algo temblorosa.
“Has venido a recordar”. Nada más. Ni firma, ni fecha. Solo una escueta frase
que parecía más una orden que una invitación. Maica empujó la oxidada verja. El
chirrido resonó en el silencio del atardecer. El jardín estaba devorado por la
maleza, pero el estrecho sendero que conducía a la puerta principal de la casa
seguía visible, como si alguien lo hubiera despejado recientemente.
Al llegar a la puerta principal, comprobó que estaba
entreabierta.
—Muy sutil —murmuró, intentando convencerse de que no tenía
miedo.
Cruzó el umbral. El interior olía a polvo y madera húmeda. La
tenue luz del sol se filtraba por las persianas rotas de las ventanas, dibujando columnas doradas
en el aire. Todo estaba como lo recordaba… excepto que no debería recordarlo.
Ella nunca había estado allí. No físicamente. Pero los sueños… los sueños eran
otra historia.
Avanzó por el pasillo principal, guiada por una sensación que
no sabía si se trataba de intuición o memoria. Cada paso que daba hacía crujir
el suelo de madera desgastada, y cada crujido parecía responderle, como si la
casa la reconociera.
Llegó al salón. Allí, en el centro, había una silla. Y sobre
la silla, una grabadora antigua, como las que usaba su padre en los años
ochenta. El botón de reproducción parpadeaba en rojo, como si la estuviera
esperando para oír la grabación. Maica tragó saliva y pulsó el botón. La cinta comenzó
a girar. Unos segundos de estática. Luego una voz. Su voz.
“Si estás escuchando esto… significa que has venido a
recordar.”
Maica sintió que el corazón se le detenía. La voz continuó:
“No te asustes. No es la primera vez que vuelves. Pero esta
vez, quizá sea la última.”
La estática volvió, seguida de un golpe seco, como si alguien
hubiera apagado la grabadora de un manotazo. Maica retrocedió un paso. No
recordaba haber grabado nada. No recordaba haber estado en esta casa. No
recordaba… tantas cosas. Una voz la hizo girarse.
“Has tardado”
En la puerta del salón había una mujer. Alta, delgada, con el
cabello blanco como la cal. Sus ojos eran de un color gris pálido. Maica sintió
un vértigo extraño, como si la habitación se inclinara.
—¿Quién es usted? La mujer sonrió con tristeza.
—No importa quién soy. Importa quién eras tú.
Maica abrió la boca para responder, pero la mujer levantó una
mano.
—No hables. Aún no. Primero debes ver.
Se acercó a la ventana y corrió la cortina. Fuera, el jardín
parecía distinto. Más ordenado. Más vivo. Como si el tiempo retrocediera.
—Hace ya muchas décadas —dijo la mujer—, tú vivías aquí. Con tus
padres. Conmigo. Maica sintió un pinchazo en la sien.
—Eso no es posible. Yo nací en 1992.
—Naciste muchas veces —respondió la mujer—. Pero esta fue la
primera.
El aire se volvió pesado. La luz cambió. El salón ya no
estaba en ruinas. Los muebles eran nuevos. Las paredes, limpias. Y en la
esquina, una niña jugaba con una muñeca de trapo. Maica la reconoció. Era ella.
La niña levantó la cabeza y la miró directamente. Sus ojos eran idénticos a los
suyos.
—Has venido a recordar —dijo la niña.
La visión se desvaneció. El salón volvió a estar en ruinas.
La mujer seguía allí, observándola con paciencia.
—¿Qué… qué me pasó? —susurró Maica.
La mujer se acercó y le tomó las manos.
—Olvidaste. Porque era demasiado. Porque nadie debería
recordar tantas vidas. Pero el ciclo está terminando. Y tú has vuelto para
cerrar lo que dejaste abierto. Maica sintió que algo se agitaba dentro de ella.
Un recuerdo. No uno concreto, sino miles, superpuestos, como capas de pintura
antigua.
—¿Y si no quiero recordar?
La mujer la miró con una mezcla de compasión y firmeza.
—No has venido a querer. Has venido a recordar.
Maica cayó de rodillas. No porque algo la empujara, sino
porque su mente se abrió de golpe, como una puerta que llevaba décadas
atrancada. La mujer la sostuvo firme por los hombros.
—Déjalo entrar —susurró.
Primero fue un olor a madera recién cortada, pan caliente,
lluvia sobre tierra reseca. Luego, voces; risas infantiles, una canción que su
madre tarareaba, el crujido de la madera al amanecer. Después, imágenes; un
columpio en el jardín, una gata atigrada, un cuaderno lleno de dibujos de casas
que nunca existieron. Pero debajo de esos recuerdos, los dulces, los
cotidianos, había otros. Más antiguos, más oscuros.
Vio el caserón, pero no en ruinas; vio su construcción,
piedra a piedra, por manos que no eran las de su familia. Vio a la mujer, más
joven, con el mismo cabello blanco. Vio rituales silenciosos, reuniones
nocturnas, símbolos trazados en el suelo con tiza roja.
Y vio a la niña. A sí misma. No estaba jugando. Estaba
sentada en la misma silla donde había encontrado la grabadora, con los ojos cerrados
y las manos apoyadas sobre las rodillas, como si meditara, como si esperara.
La mujer habló, pero su voz parecía venir de muy lejos. “Tú
eras la llave. Lo fuiste siempre”.
Maica abrió los ojos. El salón volvió a ser el salón ruinoso
del presente, pero algo había cambiado. El aire vibraba. Las sombras parecían
más densas. Y la mujer ya no estaba frente a ella. Estaba detrás. Maica se giró
lentamente. La mujer observaba con una expresión que no supo descifrar. No era
de amenaza, no era de cariño. Era de reconocimiento.
—¿Qué soy? —preguntó Maica, con la voz quebrada.
La mujer inclinó la cabeza.
--Eres la última memoria viva de lo que realmente ocurrió
aquí. Cuando eras niña, viste algo que nadie debía ver. Algo que no debía
recordarse. Por eso te sacaron de aquí. Por eso te borraron los recuerdos. Pero
nada se borra del todo.
Maica sintió como un escalofrío le recorría la columna.
—¿Qué vi?
La mujer señaló la grabadora.
—Tú misma lo dejaste registrado. Porque sabías que un día
volverías.
Maica miró la grabadora. El botón de reproducción volvió a
parpadear, aunque ella no la había tocado. Con manos temblorosas pulsó el
botón. La cinta giró. Esta vez, no hubo estática. Solo una voz infantil. “Mamá
dice que no lo cuente. Pero yo lo vi. Vi cómo salía del suelo. Vi cómo hablaba
sin boca. Vi cómo me miraba”.
Luego un silencio helado. Luego la voz de la niña añadió,
casi susurrando. “Y sé que volverá cuando yo vuelva”. La grabadora se detuvo.
Maica sintió que el aire se espesaba. Algo se movió en el pasillo. Un
deslizamiento suave, como tela arrastrándose por el suelo. La mujer dio un paso
atrás.
—Ya está aquí —dijo con calma.
Maica sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿Qué… qué es?
La mujer la miró con una mezcla de solemnidad y resignación.
—Lo que olvidaste. Lo que te eligió. Lo que te ha estado
esperando desde entonces.
El sonido en el pasillo se detuvo justo al otro lado de la
puerta. La mujer habló.
—Has venido a recordar. Y él también.
La puerta comenzó a abrirse. Muy lentamente.

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