José María Ibáñez
Las llamadas “Joyas de la Corona de Irlanda” forman parte de
uno de los robos todavía sin resolver más célebres de Europa. Lo más curioso es
que no se trataba exactamente de las joyas de la monarquía, sino de insignias
de la Orden de San Patricio, una orden de caballería fundada en 1783 por la
aristocracia irlandesa.
El conjunto sustraído incluía una estrella de diamantes con
esmeraldas y rubíes, una insignia o medalla igualmente engastada con piedras preciosas,
y cinco collares ceremoniales de oro pertenecientes a caballeros de la orden;
las joyas contenían centenares de piedras preciosas, muchas procedentes de
antiguas joyas reales británicas.
Las joyas estaban depositadas en el Castillo de Dublín, sede
de la administración británica en Irlanda. Su desaparición fue descubierta el 6
de julio de 1907, pocos días antes de la visita real en que debían utilizarse
en un ceremonial oficial. Lo más extraño es que desaparecieron de un lugar que
supuestamente estaba custodiado por soldados, policías y rodeado de múltiples
sistemas de seguridad.
Las teorías sobre los sospechosos del robo de las Joyas de la
Corona de Irlanda son tan fascinantes como el propio hurto. Lo extraordinario
es que la investigación oficial jamás ha logrado señalar a un culpable o
culpables con pruebas suficientes, lo que abrió la puerta a hipótesis que
mezclan negligencia, conspiración y encubrimiento político.
Como custodio de las joyas y poseedor de las llaves de la
caja fuerte, Arthur Vicars, Rey de Armas del Ulster, fue el primer sospechoso
natural. La investigación descubrió una serie de graves fallos de seguridad
bajo su responsabilidad. Las fuentes contemporáneas mencionan llaves mal
custodiadas, puertas encontradas abiertas y otras graves irregularidades.
El Rey de Armas del Ulster (Ulster King of Arms) fue la máxima autoridad heráldica de Irlanda durante varios siglos. El cargo fue creado en 1552 por el rey Eduardo VI de Inglaterra para supervisas los escudos de armas, genealogías y ceremonias oficiales de todo el Reino de Irlanda.
Sin embargo, nunca se halló ninguna prueba de que obtuviera beneficio económico alguno, mantuvo su inocencia hasta el final de su vida, y muchos historiadores creen que fue más incompetente que culpable. Para algunos investigadores, Vicars fue el chivo expiatorio perfecto; el hombre que tenía la responsabilidad, pero no necesariamente la culpa.
Una de las teorías más aceptadas es la del círculo íntimo del
Castillo de Dublín. Los ladrones parecían conocer la disposición exacta de las
dependencias, los hábitos de los guardianes, el sistema de llaves, y los
defectos de seguridad. Por ello surgió la sospecha de que el robo fue debido a
un “trabajo interno”, realizado por personas relacionadas con la administración
de la fortaleza o con acceso privilegiado al enclave.
Por otro lado, algunos investigadores han sugerido que el
robo pudo muy bien ser encargado por un rico aristócrata o coleccionista
privado. La teoría tiene su lógica. Las piedras preciosas podían desmontarse y
venderse, pero las insignias completas eran demasiado famosas para aparecer en
el mercado sin llamar la atención. No existe ninguna prueba documental de ello,
pero la teoría sigue viva porque jamás apareció parte alguna identificativa de
las joyas.
Algunos especialistas contemporáneos no dudan en afirmar que
durante la investigación comenzaron a circular rumores sobre un más que
probable encubrimiento político; sobre miembros influyentes de la élite
británica e irlandesa. Según esta hipótesis, las autoridades habrían evitado
una investigación profunda para impedir un escándalo de enormes dimensiones.
Los defensores de esta teoría señalan que hubo acusaciones
cruzadas entre funcionarios, la investigación se prolongó durante años, y nunca
se celebró juicio alguno que aclarase los hechos. Sin embargo, las fuentes
disponibles no aportan pruebas concluyentes de una conspiración.
La prensa sensacionalista de la época llegó a insinuar que el robo pudo ser obra de miembros de círculos sociales acomodados vinculados a fiestas y reuniones privadas de la élite dublinesa. Según dicha hipótesis, los autores tuvieron acceso temporal a las llaves, entraron sin forzar nada, extrajeron las joyas con total tranquilidad y después las desmontaron para dificultar su identificación. La historia nunca pudo probarse.
¿Las joyas se fundieron o siguen intactas?
Esta es la gran pregunta para iniciar el debate final. Las desmontaron inmediatamente; rubíes, diamantes y esmeraldas fueron vendidas por separado. las piezas originales dejaron de existir poco después del robo. Siguen ocultas. Permanecen intactas en alguna colección privada desconocida, podrían estar en una caja fuerte olvidada, una herencia familiar o incluso ocultas bajo una identidad falsa.
Lo que hace que el caso resulte tan atractivo para los historiadores es que no parece el típico gran atraco. Las joyas estaban en un entorno donde prácticamente todos los sospechosos se conocían entre sí. Por eso muchos investigadores modernos consideran que la pregunta no es tanto quien pudo entrar, sino quien tenía suficiente influencia para salir indemne después.
La posibilidad de un ladrón protegido por su posición social es
lo que mantiene vivo, más de un siglo después, uno de los mayores misterios
criminales de Irlanda.
*dublincastle.ie
*es.wikipedia.org
*www.irishcentral.com
*themiddleland.com
*www.atlasoscura.com

No hay comentarios:
Publicar un comentario