José María Ibáñez
Durante siglos se creyó que Drácula fue enterrado en el
Monasterio de Snagov, uno de los lugares más inquietantes y cargados de
folclore de Rumanía; un pequeño y abandonado santuario ortodoxo situado en una
isla del lago del mismo nombre, al norte de Bucarest, célebre por la leyenda de
que allí yace Vlad Tepes, el príncipe valaco que inspiró al Conde Drácula.
Cuando se excavó la supuesta tumba, en su interior solo se hallaron restos de
animales.
Muchos historiadores creen que Vlad Tepes, en realidad, fue
enterrado en el Monasterio de Comana, fundado por él mismo alrededor de 1461,
no nació como un simple centro religioso; era monasterio fortaleza, parte de
una red defensiva contra otomanos y bandidos. Su ubicación, en una zona
pantanosa, rodeada de bosques y humedales, lo convertía en un enclave difícil
de atacar y fácil de ocultar. Más adelante, otras hipótesis apuntaban, por
ejemplo, al cementerio parisino de Pere Lachaise.
Una suposición más reciente plantea que la tumba de Drácula
podría estar, nada más y nada menos, que en la ciudad italiana de Nápoles. Se
trata de una de las teorías históricas más llamativas de los últimos años.
Aunque no está confirmada, ha ganado mucha fuerza gracias a la interpretación
de las inscripciones y los símbolos hallados en una tumba situada en el centro
histórico de la ciudad.
Efectivamente, en el complejo monumental de Santa María la
Nova, en pleno corazón de Nápoles, se encuentra la capilla de Turdolo, donde yace
un sepulcro renacentista decorado con un dragón, inscripciones en latín
adulterado y esfinges y símbolos egipcios. Estos elementos, al parecer, no
encajan en la iconografía napolitana del siglo XVI, y han despertado el interés
de los investigadores desde 2014.
Según esta hipótesis, Vlad III de Valaquia, conocido como
Vlad Tepes o El Empalador, no habría muerto durante una batalla, como afirma la
versión tradicional. En realidad, habría sido capturado por los otomanos y
posteriormente liberado por su hija María Balsa, quien habría sido adoptada por
una familia noble napolitana. Tras la muerte de su padre, María lo habría
inhumado en el mausoleo de su suegro, Matteo Ferrillo.
Un equipo multidisciplinar de investigadores italianos y
estonios logró descifrar una enigmática inscripción grabada en la tumba,
interpretada como un elogio fúnebre a un príncipe del Este, capturado por los
turcos y rescatado por su hija. Aunque no se menciona explícitamente a Vlad
III, las coincidencias geográficas no dejan de ser llamativas. La tumba
contiene elementos iconográficos inusuales en la ciudad de Nápoles de aquella
época: un dragón, símbolo de la Orden del Dragón, a la que pertenecía Vlad III.
Por otro lado, historiadores escépticos señalan que no
existen pruebas de que María Balsa fuera realmente la hija de Vlad III. La
presencia de símbolos exóticos en tumbas renacentistas no es tan usual como
parece. La teoría podría ser una reinterpretación moderna influida por el
atractivo del mito.
Si la historia fuera cierta, reescribiría una parte
importante de la biografía de Vlad III, situando su tumba no en Rumanía, ni en
París, sino en una iglesia napolitana. Por ahora sigue siendo una teoría
fascinante, apoyada por indicios simbólicos y epigráficos. La hipótesis gana
fuerza, pero aún no existe una confirmación definitiva.
FUENTES CONSULTADAS:
*www.jpost.com
*www.finestreullarte.info
*muyinteresante.okdiario.com
*www.msn.com
*www.supercurioso.com
*www.clarin.com

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