José María Ibáñez
Nos hemos propuesto cruzar sus puertas, no como turistas,
sino como aquel que se adentra en un antiguo organismo que respira por sus
grietas. Aquel teatro de noche no es un edificio convencional. Es un corredor
de lapsos, un laberinto donde cada paso activa una memoria. A partir de aquí,
el recorrido por su interior es espectral, atmosférico, narrativo, y fiel a
nuestro gusto por lo misterioso y lo inquietante.
La vieja y desgastada madera del suelo cruje. El pasillo
principal es estrecho para un teatro del siglo XIX. Eso es porque no pertenece
al teatro actual; es un resto del edificio de 1674, conservado como una
importante pieza arqueológica.
La luz es mínima, el aire frío, la sensación inmediata es que
alguien ya está caminando por delante de nosotros, aunque no escuchemos sus
pasos. El pasillo se abre a una galería superior, donde los técnicos afirman
que perciben “miradas sin dueño”.
La arquitectura no deja se der extraña. Vemos una barandilla
que no coincide con la estructura actual, un tramo que parece inclinarse hacia
un punto en concreto que no parece existir, y un arco tapiado que, según los
planos originales, conducía a un palco ya desaparecido. Y entonces ocurre lo
habitual. Una sombra recorre el corredor. No se detiene, no mira, solo se
desplaza, como siguiendo una rutina de hace siglos. La ruta es fija, siempre la
misma, siempre hacia el arco tapiado.
Bajamos por la escalera que no figura en los planos modernos.
La madera está desgastada por pasos que ya no pertenecen a ningún ser vivo.
Aquí, dicen, se manifiesta un actor del siglo XVIII. No como una figura
completa, sino como un murmullo detrás de la puerta, un golpe seco
en la pared, el sonido de un objeto que cae, aunque no haya nada en el suelo.
Los guionistas afirman que el actor busca un manuscrito
perdido. Ahora es cuando sentimos que algo nos acompaña, pero no se muestra. El
aire cambia. Se vuelve mucho más denso, como si el pasillo estuviera lleno de
público invisible. Aquí se aparece el payaso más célebre de Inglaterra. Es una
sombra que cruza hacia el escenario.
La sombra no tiene una forma definida, solo un movimiento
rápido, como alguien que llega tarde a su entrada en escena. Los actores dicen
que se trata de una presencia benigna. Pero nosotros notamos algo más. Una
tristeza antigua, como si el pasillo conservara el eco de todas sus funciones.
Seguimos. Llegamos a un tramo donde el suelo cambia
bruscamente de material, de madera a piedra. La piedra pertenece al teatro de
1812. Es más antigua, mucho más. Aquí es donde descubrieron, durante las
reformas, los restos del hombre emparedado con una daga clavada
en las costillas.
Seguimos. Ahora el aire es helado y la sensación es clara. No
estamos solos. No vemos nada, pero intuimos que hay algo que está presente.
Como si este tramo fuera un santuario de memoria.
Iniciamos el camino de salida. El teatro parece respirar
detrás de nosotros, cuando regresamos al pasillo principal notamos que el ambiente
cambia. La temperatura baja, el silencio se rompe, el teatro vuelve a ser un
edificio normal. Aunque tú ya sabes la verdad, el teatro no está encantado por
fantasmas. Está habitado por rutinas antiguas, por trayectorias que persisten,
por ecos atrapados en pasillos que ya no existen. Estamos recorriendo los
interiores de un teatro que vive en dos siglos a la vez.
Al final no salimos, decidimos bajar. Los camerinos
victorianos del teatro no representan un lugar, sino un estado, una zona donde
el edificio respira de forma distinta, como si conservara el eco de todos los
actores que se maquillaron antes de la función.
La puerta del camerino cede acompañada de un suspiro, como si
alguien la hubiera empujado desde dentro. El pasillo es estrecho, revestido de madera
antigua, desgastada, que huele a polvo, maquillaje y humedad. La luz del
interior es exigua, amarillenta, como si no quisiera iluminar demasiado.
Avanzamos, Cada paso que damos hace crujir el suelo, pero el
crujido no coincide con nuestro movimiento. Es otro ritmo, otro paso, otro peso
que camina con nosotros, ligeramente detrás, ligeramente a un lado.
El primer camerino está vacío. O debería estarlo. Sobre el
tocador, un espejo ovalado refleja solo la luz, no nuestras figuras. Es como si
el cristal recordara a otra persona y se negara a registrar a nadie más.
Entonces lo escuchamos.
Un murmullo, como una vibración de alguien que habla para sí
mismo, como un actor repasando líneas perdidas de un guion. Un folio
amarillento, unas notas. “Siglo XVIII. Temperamento feroz. Un manuscrito
desaparecido. Dicen que lo sigue buscando”. El murmullo se detiene y algo cae
al suelo en el camerino contiguo. Un golpe seco, como de un libro que se desploma.
Pero cuando miramos na hay nada.
Seguimos avanzando. El pasillo se estrecha más, como si el
viejo edificio quisiera obligarnos a caminar en fila india detrás de los que ya
no están. Las paredes tienen marcas; arañazos, golpes, líneas que parecen
trazadas por manos nerviosas antes de salir a escena.
Una voz masculina, muy cerca de nuestros oídos, dice algo que
no entendemos, Una frase que quizá se dijo aquí hace dos siglos, repetida
tantas veces que quedó atrapada en la madera. No hay nada detrás de nosotros.
Pero la voz estaba ahí.
Seguimos. Llegamos a la puerta que no debía existir. No
aparece en los planos actuales. No tiene pomo, solo una vieja y desgastada
tabla clavada, como si alguien hubiera querido impedir que algo saliera. La
madera está fría, más fría que el aire. Apoyamos nuestras manos y sentimos el
latido. Un latido de memoria, como si el teatro repirara detrás de la puerta.
Un golpe. Desde dentro. Fuerte, directo. Como si alguien hubiera golpeado la
madera con el puño. El pasillo entero parece tensarse.
Retrocedemos. La temperatura sube, las luces parpadean, como
si el edificio se relajara al vernos marchar. Cuando llegamos al pasillo principal,
todo parece normal. Los camerinos modernos están iluminados, ordenados,
silenciosos. Pero ambos sabemos que detrás de esa zona renovada, detrás de las
paredes limpias, detrás de los espejos nuevos, siguen respirando los camerinos
victorianos, con sus voces, sus pasos, sus manuscritos perdidos.
Y sabemos qué si volvemos a entrar, no estaremos solos.

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